"¡Si alguien quiere sexo, que venga a la 408!"

Hace unos años estuve en Nueva York con Isabel.

No teníamos mucho dinero, así que nos cogimos el hotel (si se le puede llamar así) más barato de Manhattan.

Estaba en el Bowery y era asqueroso.

Cucarachas, basura debajo de la cama, manchas en las sábanas, olor a rancio en los pasillos y habitaciones…

Tanto que decidimos pedir upgrade a un cuchitril con baño propio sin haber siquiera mirado los baños compartidos.

Era diciembre y hacía un frío que te helaba el cu’.

De día, las chaquetas nos protegían de la ventisca.

De noche, nos servían para acolchar un poco la roca sobre la que dormíamos.

Los huéspedes tampoco eran de la más alta alcurnia, que digamos.

Y una madrugada, mientras dormíamos, escuchamos una oferta bastante inusual.
 

¡Si alguien quiere sexo, que venga a la 408!


Oh.

Cuando alguien ofrece algo así, como mínimo hay que escucharlo.

Estuvimos barajando la oferta, pero no nos convenció.

¿Por qué?

Bueno. Porque, además de lo obvio, la oferta tenía un problema:

No nos estaba diciendo lo que necesitábamos escuchar para convencernos.

Este problema lo veo en la enorme mayoría de cursos online que se ofrecen en Internet. Y te lo voy a explicar.

Cuando una persona busca formación en Internet, que le digas “Aprende inglés” no significa gran cosa para ella.

Digamos que… no le ayuda a visualizarlo.

Y sin crear imágenes mentales en el potencial cliente, es difícil vender.

La cosa cambia si le dices: “Viajarás a Londres y podrás regatear en los mercadillos de Camdem como si hubieses nacido en Notting Hill”.

¿Ves la diferencia?

No ofrezcas sexo a la gente.

Ofréceles que les tiemblen las piernas de placer. Ofréceles la sensación de bienestar que viene después.

No sé si me explico…

 

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